Empecé a leer Desorden moral (Bruguera) de Margaret Atwood, como un libro de cuentos. Ya cuando había adelantado varios cuentos, leí la contratapa, donde decía que era una novela. De modo que cada capítulo tenía un nombre y no eran historias independientes, y eso no era tan obvio. Desde entonces seguí leyendo como si fuera una novela, pero al terminarla concluí que era una novela fallida y un libro de cuentos más aceptable.
Margaret Atwood, nacida en Ottawa en 1939, es poeta, cuentista, novelista y ensayista. Ha publicado muchísimo y es muy conocida en el mundo anglosajón. El año pasado ganó el Príncipe Asturias de las letras. A su lado podrían estar escritoras como Alice Munro (a quien estoy leyendo justo ahora) y Joyce Carol Oates.
Si digo que es una novela fallida y un libro de cuentos más aceptable se debe a un problema de estructura. La historia empieza a tejerse sutilmente, nos sitúa en la vejez de un par de personajes, Tig y Nell, y de inmediato se enciende la curiosidad: queremos saber de ellos, sobre su pasado, qué sucedió para que estuvieran ahí los dos desayunando en esa casa con una gata llamada Drumlin. Y, efectivamente, la narración nos lleva a la infancia de Nell, a su adolescencia y de repente a su adultez.
Nell en la vejez y en la infancia es el mismo personaje, pero en la adultez es otro. Cuando empieza la historia Nell es una mujer fuerte, agalluda. En su infacia y adolescencia es una niña valiente. Pero luego, cuando es adulta y conoce a Tig, es una mujer muy frágil y llena de miedos que no tiene que ver mucho con las otras dos. Tig, quien auguraba ser un hombre interesante, es un idiota. Y no hay nada de malo con los personajes idiotas, pero este es un idiota aburrido. En esa grieta que se abre entre las identidades de Nell y en las situaciones que de allí se derivan es donde los vacíos de esta novela se hacen visibles. Precisamente, la novela debería hacernos comprender los miedos de Nell, o, a través de hechos mostrarnos qué pasa con ella, qué pasa al otro lado de las puertas, como dice en algún momento, pero en cambio, hace que perdamos el rumbo y en vez de acercanos al personaje, nos aleja.
Como libro de cuentos, podría funcionar mejor. Sobre todo porque la propia Atwood dice que escribió primero El fiasco de Labrador, capítulo que va hacia el final, y luego continuó con otros capítulos hasta armar la narración completa. Como cuentos tienen una unidad mejor lograda que como novela. Los capítulos tienen más carácter como cuentos porque se valen de sí mismos, como novela no hay un engranaje que los acomode y por lo tanto, las piezas salen volando.
Yo me pregunto: ¿Dónde quedó el desorden moral? Con ese título, pensé que iba a ser una novela de transgresión. No lo es. No sé dónde situarla. La novela nada en aguas tan tibias que cuando terminé no supe qué pensar de ella.
Ahora, la traducción es otro problema de este libro. La traducción, aunque afortunadamente ausente de términos muy españoles, cae en las arenas movedizas de la literalidad. Hay ejemplos evidentes de esto, como cuando dice “No le gusto”, en vez de “Le caigo mal” o “No le simpatizo”; o “el cuadro completo” para traducir, como es obvio, “the whole picture”.
Al final quedé con la sensación de que es una mala novela de una buena autora y pienso darle otra oportunidad leyendo otra novela, esta vez en inglés.
Es divertido que tu te molestas por leer traducciones del inglés al español cuando yo critico leer traducciones de libros de las lenguas romances al inglés. De cualquier manera, creo que todos los autores tienen derecho a cometer errores, un mal libro es como una mala nota en el colegio/universidad, todos la tuvimos aunque no queremos hablar al respecto.
Sí, de acuerdo. Por eso quiero darle otra oportunidad.
Qué bueno saber de ti.