You shone like the sun


Nunca había sentido escalofríos por todo el cuerpo de esa manera después de escuchar una canción, como la primera vez que oí Shine on you crazy diamond (Pt 1-5). Era como si me hubiesen mezclado la sangre con una sustancia electrizante que hiciera despertar cada célula en mi para empaparse de esa fuerza mística.

A las 5 y algo de la tarde del viernes 9 de marzo las nubes en Bogotá parecían el pelo plateado y revoltoso de una vieja. Las pequeñas colinas del parque salpicaban el paisaje oscuro y los fanáticos que íbamos a estar más cerca esperábamos delante de ellas.

Entramos y vimos el montaje inmenso del escenario, Kintaro y yo. Nos encontramos con Sylvia y un abrazo eufórico expresó toda la alegría que intentaba escaparse violentamente de mi pecho.

Kintaro y yo entregamos las boletas y nos acomodaron en nuestros puestos, diagonales al centro del escenario. En el fondo de la tarima, detrás de todo, la escenografía mostraba una botella de whisky de unos 30 metros, un vaso junto a ella, detrás un radio y encima una avioneta de juguete. La botella, el vaso y mitad de la avioneta eran reales. Minutos después empezó a sonar música, no era la banda en vivo, sino música que nos entretenía mientras terminaba la espera. De pronto una mano salió en el escenario, cogió la botella y se sirvió whisky en el vaso contiguo. No era real la botella ni el vaso, era un video…me cogí la cabeza con las manos ante el estupor, ser consciente de que la realidad era otra parecía una escena casi borgiana. La mano en otra ocasión cambiaba la estación de radio…y entonces sonó My funny valentine interpretada por Chet Baker. En ese instante se me encogió el corazón. Ahí amé esa canción más que nunca y dolió más que nunca sin haberla llorado como otras tantas veces.

De la oscuridad salieron hombres al escenario y uno de ellos se ubicó al frente, era el señor Roger Waters. La multitud esperaba impaciente otros minutos y entonces sonó In the flesh y los martillos caminantes, inmensos y de un poder magnífico acompañados de una explosión de fuegos artificiales plateados me llenaron el estómago de una dicha tal que casi se transforma en llanto.

Mother fue el segundo golpe. El cielo seguro se conmovió con la tristeza de la voz de Waters y la melancolía de las imágenes del fondo.

Es inigualable la experiencia de cantar y sentir en vivo una de las estrofas más bellas y tristes de la historia de la música: how I wish, how I wish you where here/we’re just two lost souls swimming in a fishbowl year after year/running over the same old ground/what have we found?/ the same old fears/wish you were here.

Más tarde en la noche, después de varias joyas como Set the controls for the heat of the sun y Have a Cigar (una de mis favoritas) empezó la melodía apocalíptica de esa canción, de esa, de aquella que me hizo trizas una mañana. Sentí escalofríos de nuevo, sentí cómo me traspasaba, me impresionaba cómo seguía de intacta su capacidad tóxica. Remember when you where young/you shone like the sun/Shine on you crazy diamond!. Y atrás el universo estallaba en colores.

The Fletcher memorial home, una hermosa canción de The final cut. Leaving Beirut, la canción más política de todo el repertorio, acompañada por la narración en caricatura de la misma. Empezaron los teclados, esos teclados oscuros…otro golpe político con el toque animal de Pink Floyd: Sheep. Harmlessly passing your time in the grassland away/Only dimly aware of a certain unease in the air/You better watch out there may be dogs about…De pronto, un gigante cerdo rosado flotaba por encima de nuestras cabezas lleno de graffitis como “Kafka manda” y “Devuélvanle la tierra a la gente”. Los reflectores apuntaban directamente al animal volador y todos, como hipnotizados, dejamos de mirar al escenario casi que por todo el tiempo que duró la canción. Finalmente el cerdo fue liberado y voló sin rumbo por los cielos plomizos de la ciudad.

Waters se disculpó por 15 minutos para seguir con la segunda parte: The Dark side of the moon.

Empezó Speak to me-Breathe. Canté Breathe, breathe in the air/don’t be afraid to care/leave but don’t leave me/look around choose your own ground como si estuviera bautizando al mundo.

Empezó Time, con esa melodía fatalista y salieron relojes gigantes volando en la pantalla. Luego, una de las canciones más hermosas del Dark side: The great gig in the sky. La mujer empezó a cantar como si llorara por el dolor y la belleza del mundo, por esa contradicción natural, por la irónica condición de la vida. Detrás, una luna rosa púrpura sellaba ese rito funerario y acompañaba el duelo.

Money, Us and them, Any colour you like. Finalmente Brain Damage y el poema con el cual finaliza un disco hermoso: Eclipse. Entre Brain Damage y Eclipse ocurrió algo hermoso: una pirámide hecha con luz láser apareció en la mitad superior del escenario cambiando de colores y al final, un arcoiris se derramó de la pirámide y dio la vuelta a todo el público.

Waters y su banda hicieron la venia y salieron. Aún faltaba el encore (semanas antes del concierto ya se había hecho público en internet el setlist del concierto): The happiest days of our lives, Another brick in the wall part II problablemente la canción en la cual se creó una burbuja de energía en todo el parque como en ninguna otra, Vera, una de las más tristes (Does anybody here remember Vera Lynn?/Remember how she said that/We would meet again/Some sunny day?), Bring the boys back home, y el mejor final de todos, una de mis canciones favoritas (y tal vez de cualquiera que sea seguidor de Pink Floyd): Comfortably numb.

Finalizó el concierto con unas palabras de Waters, “you’ve been fantastic”-dijo. Y, saliendo del parque todavía incrédula de lo que había experimentado esa noche, pensé y dije: tengo que ver esto otra vez.

*Fotos de Drayru.
*’Fecha conmemorativa después de 1 mes de haber pasado el evento reseñado.