Estando en una librería con Kerberos, vi un libro que nunca había visto en esta ciudad, donde son tan difíciles de conseguir los libros de un autor que escribe bellezas tan tristes: Bohumil Hrabal. No recuerdo ya el nombre del libro, sino lo que decía al final de la solapa donde se contaba la vida y muerte del autor: Hrabal, “ya senil”, murió al caerse de un quinto piso, cuando se estiraba en un balcón intentando darle de comer a las palomas. Inmediatamente pensé que era una muerte curiosa y hermosa, y le leí el fragmento a Kerberos. Si no recuerdo mal, él rió y dijo: muy loco.

Aunque sólo he leído Una soledad demasiado ruidosa, y regalé una vez Trenes rigurosamente vigilados, confiada en que le iba a contar algo que todavía desconozco pero sin duda bello y revelador, a un hombre que también tiene el alma hinchada de melancolías; sospecho que toda la obra de este checo es silenciosamente prodigiosa.

Al leer a un tipo como este, como Hrabal, me dio la sensación misteriosa, mística, de que había escrito cosas que yo quiero escribir. Recuerdo que en primer semestre de literatura, Jorge Cadavid nos dijo que un buen libro era aquel que, después de haberlo leído, nos lleva a pensar que nosotros también podríamos haberlo escrito. Henry Miller dice en Sexus: “Every day we slaughter our finest impulses. That is why we get a heartache when we read those lines written by the hand of a master and recognize them as our own, as the tender shoots which we stifled because we lacked the faith to believe in our own powers, our own criterion of truth and beauty”.

No sé por qué hoy se me vino a la cabeza este hombrecillo de facciones ovaladas y ojos diminutos, este escritor que escribía en los tejados porque amaba el sol. Tal vez porque es hora de que empiece de una buena vez el segundo libro que leeré de él, Leyendas y romances de ciego.

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Estando en una librería con Kerberos, vi un libro que nunca había visto en esta ciudad, donde son tan difíciles de conseguir los libros de un autor que escribe bellezas tan tristes: Bohumil Hrabal. No recuerdo ya el nombre del libro, sino lo que decía al final de la solapa donde se contaba la vida y muerte del autor: Hrabal, “ya senil”, murió al caerse de un quinto piso, cuando se estiraba en un balcón intentando darle de comer a las palomas. Inmediatamente pensé que era una muerte curiosa y hermosa, y le leí el fragmento a Kerberos. Si no recuerdo mal, él rió y dijo: muy loco.

Aunque sólo he leído Una soledad demasiado ruidosa, y regalé una vez Trenes rigurosamente vigilados, confiada en que le iba a contar algo que todavía desconozco pero sin duda bello y revelador, a un hombre que también tiene el alma hinchada de melancolías; sospecho que toda la obra de este checo es silenciosamente prodigiosa.

Al leer a un tipo como este, como Hrabal, me dio la sensación misteriosa, mística, de que había escrito cosas que yo quiero escribir. Recuerdo que en primer semestre de literatura, Jorge Cadavid nos dijo que un buen libro era aquel que, después de haberlo leído, nos lleva a pensar que nosotros también podríamos haberlo escrito. Henry Miller dice en Sexus: “Every day we slaughter our finest impulses. That is why we get a heartache when we read those lines written by the hand of a master and recognize them as our own, as the tender shoots which we stifled because we lacked the faith to believe in our own powers, our own criterion of truth and beauty”.

No sé por qué hoy se me vino a la cabeza este hombrecillo de facciones ovaladas y ojos diminutos, este escritor que escribía en los tejados porque amaba el sol. Tal vez porque es hora de que empiece de una buena vez el segundo libro que leeré de él, Leyendas y romances de ciego.