Saudades

[Por estos días empecé a escribir una carta en compensación a otra que envié hace meses y nunca llegó a manos del destinatario. Es una pena porque casi no recuerdo qué dije en esa primera carta que es ya irrepetible, así quisiera, así repitiera cada palabra escrita en ese papel, sería otra carta. La segunda carta, por su parte, no será enviada como la otra por circunstancias ajenas a ella misma. Sin embargo, la segunda carta, todavía incompleta en la tarde de ayer, se transformó en otra cosa; su naturaleza epistolar cambió inmediatamente después de no encontrar el destinatario que buscaba. Extractos de esa carta inspiraron esta entrada.]

Están dando un documental sobre un hombre que pierde la memoria. No sé cómo pasó porque no vi el documental desde el principio. Doug, el personaje que sufre de amnesia, no reconoce a los amigos con los que compartió vida por veinte años. Uno de los amigos dice que perdió el sarcasmo, perdió esa cualidad de burlarse agudamente de la vida. Doug tiene que reinventarse. No tiene pasado. No sé por qué me produce desasosiego esa historia, porque me imagino cómo sería si yo perdiera la memoria. Creo que alguna vez Pía me habló de este documental, recuerdo que me contaba de una parte en la cual Doug ve la nieve, ve la nieve por primera vez, de nuevo. Doug tal vez lloraba, no recuerdo. Bueno, en mi versión llora, llora porque es lo más bello que ha visto en su corta vida y además, invoca un sentimiento de nostalgia que no sabe de donde proviene. Es una nostalgia que nadie ha experimentado sino él, la nostalgia de verse despojado de aquello que lo había hecho, viéndose obligado a inaugurarse. Él resulta inasible para sí mismo. Es un ser sin infancia, un ser que nació adulto. Doug, parado allí, solo, es también la nieve. Un hombre que allí no se reconoce como hombre y es nieve.

En alguna parte de mi vida en los últimos dos años, experimenté hechos hermosos hasta desbordarme, hasta traspasar mis fronteras de lo posible. Sin embargo, después, cuando todo se hubiese acabado, no pude volver al lugar gracias al cual todo empezó. En cierta forma, como Doug, perdí algo muy íntimo que todavía no logro identificar del todo, pero sospecho que fue la sensación constante de que el mundo me sobrepasaba porque era bello en demasía. Y sé que allí está una parte de mi, en esa sensación, la misma que describió José Saramago hace unos días, cuando recordó lo que una vez dijo su abuela ya vieja, viendo la muerte cerca, sentada en el porche de la casa viendo el cielo una noche: “El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir.”

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The life and death of Mr Badmouth


Días enteros en una biblioteca II

Hay un hombre de cabeza pelada y abrigo negro con quien me cruzo varios días. Mi primera impresión es que se parece a Michel Foucault. Desde entonces, en mi cabeza, cada vez que lo veo pasar por los pasillos de la Biblioteca, ese hombre es Foucault . Allí está de nuevo Foucault-pienso.

En la Hemeroteca espero que me alcancen unas revistas en el aparador. Mientras tanto, a mi lado, un hombre de ojos claros que viste una chaqueta de cuero pelada y una gorra sucia, espera que le entreguen su documento de identidad. La muchacha revisa el número y antes de entregárselo le pregunta: “¿Dean?” El tipo le arrebata el objeto de la mano y murmura en inglés lleno de furia: “it’s Diiiin! not Dean…” y se retira a una mesa apretando los puños. Me entregan las revistas y me siento en una mesa. En la mesa contigua está sentado un extranjero. Tiene un diccionario inglés-español/español-inglés y parece estar haciendo su tarea de español. Din se acerca al tipo rubio y empieza a ofrecerle sus servicios de profesor de español. Alcanzo a oír que le dice que vivió en Nueva York. Din todavía carga esa frustración de querer ser un chico del Bronx. Aquí es simplemente un perdedor que le grita a la muchacha del aparador; allá era un colombiano con nombre en inglés. Din abre su portafolio y le enseña al extranjero los ejercicios que usa con sus alumnos. Los ojos de Din son de un verde turbio, sus pupilas parecen estar cubiertas por una delgada capa de jabón. El joven extranjero ignora la insistencia de Din, casi no pronuncia palabra y prefiere concentrarse en el pequeño libro que sostiene entre las manos y darle un vistazo de vez en cuando a la sonrisa vacía y quebrada de Din. Finalmente Din encuentra un papel que quería mostrarle al rubio, su as bajo la manga para venderle unas clases de español, su apuesto-que-esto-no-te-lo-han-enseñado; pero el jovencito le dice que sí, que eso ya lo sabe y, sin decir nada, le expresa con todo su cuerpo a Din que debe marcharse de una vez por todas de su lado. Din acepta su derrota y recoge los papeles regados por toda la mesa. Acomoda el portafolios bajo la axila y se despide del extranjero.

Al día siguiente vería otra vez a Din.


Días enteros en una biblioteca I

Anne sale con una falda que produce miradas verticales. Se siente con una confianza desbordante -que nunca tiene-, con la capacidad de ser abiertamente sensual y rotundamente indiferente ante cualquier hombre que la mire, poseída de un permiso que se da para ser mala, para provocar y no dar. Con esa falda es como si fuera otra mujer, pero es una de las mujeres que ella es.

Empieza a caer una lluvia menuda. El día es gris.

Sube a un bus y se sienta al lado de una señora robusta y pequeña. Hay un mensaje de Louis en el celular. La señora no aguanta la curiosidad de mirar qué le han escrito y estira la mirada hacia la pantalla del aparato. Probablemente es una de esas personas que no tienen la delicadeza de entregarle una carta cerrada a su hija, sino que necesitan leerla antes. Sabe que la hija tiene derecho a la privacidad, pero ella como madre, tiene también un derecho irrefutable a arrebatarle ese derecho porque es su hija y puede escupirle a esa estúpida libertad. Y la madre se enterará de que al novio de su hija le gusta besar a su pequeña en las orejas, en las costillas, en la entrepierna. Pero la madre no dirá nada, permanecerá en silencio y le entregará la carta a su hija ya abierta, para que ella sepa que la ha leído, que ha sido la primera y siempre lo será. Y la hija comenzará a engendrar un fastidio profundo hacia su madre. Anne aleja el teléfono de los ojos de la mujer y lee tranquila el mensaje.

Louis dice que no alcanza a llegar, que se vean una hora más tarde. El bus se detiene a recoger unos pasajeros. Se sube un hombre adulto, canoso, con retraso mental, acompañado por sus padres que, extrañamente, parecen casi de la misma edad que el hijo. La mujer es enorme, con una panza de balón y pelo gris grasoso. El hombre tiene una mirada turbia y no tiene mano izquierda, sino una prótesis metálica con dos tenazas que reemplazan el agarre de la mano.

Anne se baja del bus e inmediatamente baja unas escaleras y llega al café. Pide un tinto. Se sienta en una mesa afuera del local donde el viento helado le muerde las piernas. Se pone los audífonos, prende la música y saca del maletín de cuero unas fotocopias para leer, un esfero de tinta roja y un cuaderno donde hay un par de anotaciones copiadas de una exposición que hay en la Biblioteca. Casi todos los días ha estado visitando la Biblioteca. Hay una exposición de diccionarios. Docenas de diccionarios exhibidos dando cuenta de su transformación y sus distintas naturalezas. Antes de completar el ciclo de la exhibición, en una pared llena de papeles pueden leerse definiciones de palabras escritas por anónimos que pasan por allí. “Llorar: acto que realizan los hombres sin ser vistos”-lee. Le conmueve la tristeza de ese chico -porque imagina que quien hubiese escrito aquello sería un hombre y no una mujer. Un muchacho que llora sin ser visto es un ser que se avergüenza de su tristeza, tal vez.

Después de examinar los diccionarios, Anne ingresa a la hemeroteca a esperar unos pedidos. Un par de revistas y un libro. El libro es The moth and other essays de Virginia Woolf, en la propia eidición de Hogarth Press de 1945. No tiene la portada original, pero el resto se conserva. El papel es ordinario y ha adquirido un color oscuro como el del té y tiene diminutas colonias circulares de moho. Es un libro sencillo, pero para Anne está lleno de erotismo. Es excitante tener ese libro en las manos, siendo consciente de que ese libro había sido hecho por la editorial de los Woolf, corregido y editado por el propio Leonard Woolf, así Virginia ya no estuviera, ya se hubiese consumido en las aguas del río Ouse. Es un dato literario que le acelera las corrientes sanguíneas.