La tristeza de Enrique

Christine Nöstlinger


Enrique está acostado en la cama. Enrique está llorando. Enrique oye venir a la mamá. Enrique se tapa con la cobija.

-Enrique, ya es hora de levantarse y de lavarse los dientes –le dice la mamá.

Enrique, que está llorando debajo de la cobija, no le contesta. La mamá alza la cobija y se la quita. Enrique se encoge como un ovillo y la mamá toma el ovillo y lo lleva al baño, y deja ese ovillo que es su hijo sobre el tapete al pie del lavamanos. -Cepíllate los dientes. Lávate los pies. Límpiate las orejas –añade, y se va.

Ahora Enrique se siente mucho más triste que antes. Por lo de los dientes y los pies y las orejas y la mamá. Y porque el baño huele a laca de pelo y ese olor lo pone particularmente triste.

Enrique se para, se mira en el espejo y se dice: “¡Ya no puedo más!”

Tapa el lavamanos y llora hasta que se llena de lágrimas. Las lágrimas son saladas, más saladas que el agua del mar. “Un mar de lágrimas”, se dice, “¡un mar de lágrimas!”.

“El mar es salado, pero no es triste”, piensa Enrique, y de repente siente una tremenda nostalgia por el mar.

La mamá está en el corredor limpiándole los zapatos. Enrique es muy pequeño y no alcanza la ventana del baño, que está más arriba de la tina.

Enrique también es muy delgado, y se va volviendo todavía más delgadito; ahora está más delgado que nunca. Él se trepa por el borde de la tina y salta al lavamanos. Nada en sus lágrimas y comienza a bucear por debajo de ellas hasta llegar al sifón. Tira del tapón, y cuando la última lágrima se va, triste y lentamente, él también desaparece por el desagüe.

La mamá todavía lo está buscando, pero nunca lo va a encontrar, porque ella no sabe nada de sus lágrimas, ni de su nostalgia, ni de su hijo Enrique.

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