Comentario sobre Literatura Infantil


En la foto: Christine Nöstlinger firmando libros

En una conferencia que dictó T.S Eliot sobre crítica literaria, se quejaba de aquellos editores o periodistas que publicaban sus textos sin decir la fecha en que fueron escritos. Para Eliot era fundamental un registro cronológico para así dejar en claro que sus ideas, inevitablemente, se transformarían con el tiempo y que la contradicción no tenía nada de malo, es más, que era necesaria.

Me uno al llamado de Eliot para hacer la advertencia de que los siguientes comentarios los hago en esta fecha, tiempos en los cuales apenas empiezo a conocer el tema. Tendrá tal vez ese encanto que le concierne a la inexperiencia, a conocer algo por vez primera y deslumbrarse con lo que son obviedades para un experto.

Quisiera hablar sobre mis impresiones de la Literatura Infantil. Verán, hasta hace unos meses, mi contacto con los libros infantiles era mínimo, por no decir inexistente. Después de leer algunos libros cuando pequeña en mi casa (sobre todo ilustrados) y más grande Torres de papel, Barcos de vapor, etc., en el colegio, no tuve ningún otro acercamiento a libros del género. Ya mayor, sin ninguna razón aparente, tal vez inconscientemente, veía a la literatura infantil como una literatura menor.

Años después, desde otra orilla, vuelvo a internarme en las aguas de la literatura infantil. La mirada es otra, por supuesto. La ironía, el humor, las figuras literarias, el lenguaje mismo, se me revelan desde esta costa con la claridad que no podía ver antes. Descubro que los libros más bellos combinan dos elementos: el humor y la nostalgia. El humor es siempre agudo, puede llegar a ser muy negro, como en las novelas de Polly Horvath, donde hay personajes muy particulares, encarnados en viejas testarudas y gruñonas y niñas maduradas biches. Por otro lado, el tono nostálgico, la melancolía de la literatura infantil, invita al lector adulto a detenerse sobre los recuerdos de los abuelos, de ser niño, de los amigos, del juego, de la libertad.

Se evocan imágenes del mar, del viento, de la manera como los rayos del sol caen sobre la tierra, sobre los objetos. Todo resulta nuevo, y a la palabra le pertenece apropiarse de ese mundo ajeno y volverlo nido.

Está esta bella imagen en un libro llamado Unos peces en la habitación número 11, de Heather Dyer (Editorial Norma, 2007):

Tobi se paró frente al hotel. Soplaba un viento juguetón tras la tormenta que arrastraba por los aires, como hojas en otoño, bolsas de papel y envoltorios de chocolatinas. Se trataba de un viento divertido, gracioso… uno de esos vientos que parecen venir de muy lejos y traen sorpresas consigo. Uno de esos días, pensó Tobi, cuando depronto uno se puede encontrar con un marinero náufrago sobre la arena o con una botella verde con un mensaje dentro.

De modo que, después de leer grandes autores como la ya mencionada Polly Horvath, Christine Nöstlinger (recordada por su serie de libros del protagonista Franz), Lygia Bojunga; me es imposible decir nunca más que la literatura infantil es una literatura menor. Es literatura, simplemente. Y, como ya sabemos, en este vasto mundo literario hay malos y buenos autores, malos y buenos libros. The Canning Season, de Horvath, puede ser una obra mucho mayor que cualquier novedad literaria que actualmente esté en librerías, sin duda.

El gran reto, y ahí radica el talento que deben tener los autores de literatura infantil, es lograr sin métodos artificiosos, sino de una manera muy honesta y limpia, una literatura que atrape la atención del lector-niño diciéndole cosas que ya sabe, pero que nunca le habían dicho (como lo hace todo gran libro), darle elementos donde puedan reconocerse, pero también, ofrecerle nuevas visiones de mundo, de la humanidad, de él mismo. Aquí se juega doble: el niño se identifica y le conmueven las historias y los personajes, mientras que el adulto, además, recuerda el niño que fue y nunca más podrá ser. He ahí su tristeza.


Elephant Gun, de Beirut


Elephant Gun, de Beirut