Chesil Beach, de Ian McEwan

En medio de una playa fría y gris, con más piedras que arena arropando la orilla, Ian McEwan ubica la historia de una pareja, Edward y Florence, que se une en matrimonio.

Desde la primera frase, McEwan nos expone el conflicto general de esta breve novela: Eran jóvenes y vírgenes aquella noche, la de su boda, y vivían en un tiempo en que la conversación sobre dificultades sexuales era claramente imposible. Pero nunca es fácil.

Nunca es fácil. Y menos para un par de jovencitos británicos, él, historiador y de buenos modales; y ella, una violinista de buena familia. Están enamorados. Sin embargo, lo que esto significa es distinto en ambos personajes. Él la idolatra y la admira, y ella se siente profundamente conmovida y enternecida por él. Además, Edward desea estrepitosamente a Florence. Es paciente con ella, más que cualquier hombre “normal”. Ha esperado y esperado. Ha domado sus pulsiones. Ella, en cambio, no siente ningún deseo; y no sólo eso, le aterra el deseo que siente Edward por ella. Le fastidia, lo encuentra repulsivo. No es miedo, es asco. En esta encrucijada están él y ella. Ambos, como buenos ingleses, pensando sobre ello sin decírselo al otro.

En ese sentido siento que esta novela es ante todo sobre la comunicación en una pareja. Un conflicto de esta naturaleza en un par de personas tan tímidas, es aún más difícil. Pero, al final, la sexualidad no es todo el problema. De allí surgen preguntas que develan otras pruebas que demanda su relación: ¿Qué están dispuestos a ceder por estar con el otro?, ¿por qué tan difícil un matrimonio desde el primer día?, ¿no debería ser si no un día dichoso, al menos sí cómodo?

Esa cortesía tan estricta que los obliga a reprimirse, claramente influye en cualquier situación donde los personajes actúan. Ni siquiera en la intimidad son capaces de despojarse de su cortesía, y son demasiadas las veces que el uno y el otro piensa en si es correcto hacer cualquier cosa. El fantasma de la responsabilidad y del deber los persigue. Y ellos, inocentes y cobardes, dejan que esto ocurra. La frustración pesa más cuando ni preguntar ni discutir está permitido.

Aunque McEwan no ha podido colarse dentro de mis narradores favoritos y encuentro sus novelas (sólo he leído esta, y antes Amsterdam) algo aburridas y sin mucha gracia estética, esta novela logra despistarnos con la estructura de una novela común y corriente, sin grandes gestos innovadores; sin embargo, es una preparación a fuego lento para sorprendernos al final con todo lo que no se había dicho antes y debía ser dicho allí, cuando no había más remedio tal vez para siempre.

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