Quitapenas

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En Guatemala existe la tradición de las muñecas quitapenas. Se cree que quien tenga un problema o esté preocupado por algo, puede contárselo a una muñeca quitapenas. Después de pasar su pena a la muñequita, la persona en cuestión debe ponerla debajo de la almohada y así será la muñeca quien se preocupe. Cuando la persona despierte, estará tranquila, pues la muñeca se ha tragado el problema.

Es una bella tradición. Además de que las muñecas son preciosas, es muy linda la creencia de que al contarle un problema a algo y ponerlo debajo de la almohada, este desaparecerá.

Pues a mí me vendría muy bien ahora una muñequita quitapenas. Aunque soy una persona muy tranquila y ya tuve mi época de ciclotímica, estos últimos días han estado embrujados por la preocupación. Tal vez no debería preocuparme por algo tan fútil como este trabajo que tengo, pero más que eso es por las inseguridades que se me disparan cuando pasan ciertas situaciones, y porque se va una amiga que quiero mucho. Y, en general, porque detesto cada vez más el ambiente que se genera en las oficinas. Creo que este blog servirá por esta vez como una muñequita quitapenas.


Far: cada vez más lejos

Far

Todavía la quiero, a pesar de todo.

A pesar de que haya querido dejar el piano acústico muy de lado y haya optado por añadirle unos arreglos sintéticos a su música. Ese piano azul con nubecitas parece de plástico, si lo miran bien.

Hoy un email con el nombre de Regina Spektor llegó a mi Inbox. ¡Sería genial que fuera ella! Pero sabemos que no. Es Sire, su disquera, que anuncia que se puede oír el nuevo disco completo, Far, en el perfil de myspace. Mientras escribo esto, estoy oyendo el disco, y cada vez que empieza una canción ruego que no la haya arruinado. Ese es un terrible síntoma. Como justo ahora, que todo empezó bien, Folding Chair acústica, una canción preciosa, y luego, todo al traste por esos arreglos. Un exceso de batería, sonidos de computador y los mismos sonidos que ella ha hecho siempre con la voz pero demasiado exagerados, demasiado planeados. La belleza de la música de Regina se concentraba, muchas veces, en esos impulsos repentinos que nos sorprendían y hacían que sonrieramos o riéramos. Esas ocurrencias adorables ahora me suenan forzadas.

La importancia de este disco para mí era inmensa. Muchas de mis canciones favoritas decidió incluirlas acá. Esas canciones que lleva tocando en vivo hace años como Blue Lips, Folding Chair, The Wallet, Dance Anthem of the 80’s, Human of the Year, The Wallet, One More Time With Feeling y, la más importante para mí: Genius Next Door. Como ven, no es música nueva, son canciones antiguas que ya conocía. Sin embargo, sí es una nueva manera de exponerlas, como si fuera la primera vez. La primera vez grabadas en un disco.

Suena Human of the Year, una canción preciosa que hasta ahora, y vamos por la mitad de la canción, no ha tenido el mismo desdichado destino que las otras. Es decir, no la arruinado totalmente. Tiene unos violines que funcionan bien, de resto es ella y su piano. Human, human of the year, you are. Perfecta.

Two Birds. Una canción nueva. Bonita. Cuenta una historia, y eso siempre me ha gustado de ella, que las canciones pueden ser como cuentitos.

Dance Anthem of the 80’s, una pieza magistral del repertorio de Regina. Una de esas canciones graciosas y simples que no necesitaban mucho para hacer reír. There’s a meat market down the street/ the boys and the girls watch each other eat/ You are so sweet/so sweet/dancing and moving to the beat./There’s a meat market down the street/the boys and the girls watch each other eat/ when all they want to do is watch each other sleep. La canción es pegajosa. En esta versión hace beat box, le inserta otras voces, repite un chiste que hizo en un concierto una vez en el que hizo un solo con un efecto del órgano que suena como una voz de una corista de iglesia. En fin, la canción me gusta, le tengo cariño. Es la peor versión que ha hecho, eso sí.

¡Ay! Genius Next Door. Mi canción favorita de Regina (y eso que es difícil escoger). Sin duda, es mucho mejor la acústica, pero esta no está mal, está bien. Qué descanso.

The Wallet! Ah, es una canción genial. Cuenta la historia de ella cuando se encuentra una billetera en la calle. Dice que adentro había fotos de la familia del dueño, se entera de la fecha de nacimiento y recrea la vida de ese personaje. Todo iba bien, lo juro. Y luego, esos arreglos. Sólo fue un fragmento de pocos segundos, afortunadamente. I’ll take your wallet to my local Blockbuster/They’ll find your number in the computer/You’ll never know me/I’ll never know you/But you’ll be so happy when the call you up.

One More Time With Feeling. Ah, qué linda canción. De las pocas nuevas versiones que me gusta. Me imagino oyendo esta canción un día por la calle, un día que esté haciendo sol. Me encanta. Hooold on/ One more time with feeling/ try it again/ breathing’s just a rhythm/say it in your mind till you know the words are right/this is why we fight.

The Man of a Thousand Faces. Me recuerda las canciones que me hicieron enamorar de Regina. Preciosa.

Estas son apenas mis primeras impresiones de este disco. Siento que Regina está cada vez más lejos de lo que me gusta de ella. Me gusta su humor, su autenticidad, la forma en que toca el piano, sus ocurrencias, su sencillez, sus letras, cómo cuenta historias, sus personajes, las situaciones poco usuales que crea. Pero es como si esta mano gigante de la industria musical la estuviera arrastrando hacia tierras más conocidas y muy trajinadas. Regina: menos es más.


Desorden, a secas

Empecé a leer Desorden moral (Bruguera) de Margaret Atwood, como un libro de cuentos. Ya cuando había adelantado varios cuentos, leí la contratapa, donde decía que era una novela. De modo que cada capítulo tenía un nombre y no eran historias independientes,  y eso no era tan obvio. Desde entonces seguí leyendo como si fuera una novela, pero al terminarla concluí que era una novela fallida y un libro de cuentos más aceptable.

Margaret Atwood, nacida en Ottawa en 1939, es poeta, cuentista, novelista y ensayista. Ha publicado muchísimo y es muy conocida en el mundo anglosajón. El año pasado ganó el Príncipe Asturias de las letras. A su lado podrían estar escritoras como Alice Munro (a quien estoy leyendo justo ahora) y Joyce Carol Oates.

Si digo que es una novela fallida y un libro de cuentos más aceptable se debe a un problema de estructura. La historia empieza a tejerse sutilmente,  nos sitúa en la vejez de un par de personajes, Tig y Nell, y de inmediato se enciende la curiosidad: queremos saber de ellos, sobre su pasado, qué sucedió para que estuvieran ahí los dos desayunando en esa casa con una gata llamada Drumlin. Y, efectivamente, la narración nos lleva a la infancia de Nell, a su adolescencia y de repente a su adultez.

Nell en la vejez y en la infancia es el mismo personaje, pero en la adultez es otro. Cuando empieza la historia Nell es una mujer fuerte, agalluda. En su infacia y adolescencia es una niña valiente. Pero luego, cuando es adulta y conoce a Tig, es una mujer muy frágil y llena de miedos que no tiene que ver mucho con las otras dos. Tig, quien auguraba ser un hombre interesante, es un idiota. Y no hay nada de malo con los personajes idiotas, pero este es un idiota aburrido. En esa grieta que se abre entre las identidades de Nell y en las situaciones que de allí se derivan es donde los vacíos de esta novela se hacen visibles. Precisamente, la novela debería hacernos comprender los miedos de Nell, o, a través de hechos mostrarnos qué pasa con ella, qué pasa al otro lado de las puertas, como dice en algún momento, pero en cambio, hace que perdamos el rumbo y en vez de acercanos al personaje, nos aleja.

Como libro de cuentos, podría funcionar mejor. Sobre todo porque la propia Atwood dice que escribió primero El fiasco de Labrador, capítulo que va hacia el final, y luego continuó con otros capítulos hasta armar la narración completa. Como cuentos tienen una unidad mejor lograda que como novela. Los capítulos tienen más carácter como cuentos porque se valen de sí mismos, como novela no hay un engranaje que los acomode y por lo tanto, las piezas salen volando.

Yo me pregunto: ¿Dónde quedó el desorden moral? Con ese título, pensé que iba a ser una novela de transgresión. No lo es. No sé dónde situarla. La novela nada en aguas tan tibias que cuando terminé no supe qué pensar de ella.

Ahora, la traducción es otro problema de este libro. La traducción, aunque afortunadamente ausente de términos muy españoles, cae en las arenas movedizas de la literalidad. Hay ejemplos evidentes de esto, como cuando dice “No le gusto”, en vez de “Le caigo mal” o “No le simpatizo”; o “el cuadro completo” para traducir, como es obvio, “the whole picture”.

Al final quedé con la sensación de que es una mala novela de una buena autora y pienso darle otra oportunidad leyendo otra novela, esta vez en inglés.