Cuando te disparan, sangras

Es así. Cuando te disparan, sangras. Es inevitable: la bala atraviesa los tejidos, los desgarra, y sangras. Tal vez sea un golpe y no una bala, pues no sangras, pero te duele. Y el dolor se anida ahí por un tiempo hasta que desaparece.


El recuerdo de algo escrito

Esto lo escribí hace un año, cuando abrí el mismo libro que estoy leyendo ahora, Sputnik, mi amor:

Leo las líneas que atraviesan la portadilla del libro como un tatuaje ya borrado, disminuido. La letra es pequeña, y fue escrita en lápiz. Las colas de las q tienen una línea atravesada y parece una a pegada a una x, como una letra del alfabeto griego que desconozco y podría existir. Al final, un haikú:

Una persona

sentada bajo un árbol.

Unida al viento.

Leo la fecha. Han pasado varios años. Me resulta inevitable pensar en lo inalcanzable que veo a esta persona y quién era yo entonces. Dónde están los rastros de aquello que advierte esta página. Me sumerjo en pensamientos nostálgicos sobre el pasado y pienso en cuánto dolor no desaparece por el hecho de tener memoria y poder recordar el dolor de otros días. El mundo se expande y se contrae, y somos como liebres que corren sobre su espalda, despavoridas, sin saber adónde ir, dónde estar a salvo.