En otra ocasión me mostró un viejo ejemplar de Los miserables de Victor Hugo; todavía tenía manchas de las moras que había comido mientras lo leía. «Estaban muy maduras», dijo, «y me encaramaba aún más arriba para ocultarme mejor. Así no podían verme cuando había que ir a comer; seguía leyendo toda la tarde hasta que de repente sentía tanta hambre que me atiborraba de moras. Tú lo tienes más fácil, siempre te dejo leer».

Elias Canetti, en La lengua absuelta (Muchnik, 1980)

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