Historia de una vida

Elias, Mathilde, Nissim, Georges

No había leído hacía mucho tiempo libro más hermoso que La lengua absuelta de Elias Canetti. Su “autorretrato de infancia”, como él mismo subtitula la obra,  se desencadena de un recuerdo ensombrecido por una amenaza. Cada día el niño se imagina el color rojo de la sangre que derramaría su lengua cuando el joven que sostiene un romance con su niñera, lo amenaza con mutilársela si se atreve a decir algo sobre sus visitas. Privado del miedo, el pequeño Elias salva su lengua al silenciar la relación.

A la imagen de la lengua cortada le suceden otros recuerdos igualmente profundos, pero bellos; muchos otros tristes, melancólicos, otros alegres, todos hacen parte de su memoria. Canetti reconstruye su infancia a partir de sus lecturas, sus libros, los que cimentaron su vida literaria, su vida como escritor y lector, su vida intelectual que es su vida entera. Su padre, la figura más trascendental de su niñez, le regala una versión adaptada para niños de Las mil y una noches y allí comienza su aventura trepidante por la literatura, su pasión encarnizada por el conocimiento.

Cuando inesperadamente una mañana el padre muere de un ataque al corazón y él oye los gritos desesperados de la madre que dicen “¡Jacques, háblame! ¡Háblame, háblame, Jacques!”, el niño sufre la primera y más importante ruptura de su vida. Decía Canetti que veía a su padre muerto y quería contarle ese sentimiento de angustia a él, pero ya no podía; estaba ahí tendido, muerto. Entonces, la conversación con su padre, su interlocutor, su máximo escucha y predicador, se silencia para siempre. Los libros, que ya amaba antes de que él muriera, acogen un valor más: el de ser sus incesantes interlocutores en la ausencia de la figura paterna.

El libro se estructura en varias etapas, primero su vida en Bulgaria, luego en Inglaterra, más adelante en Viena y al final en Zurich. Cada pasaje parece ser tan íntimo, es tan expresivo, que nos da la sensación de que lo acompañamos, parados en una esquina, mientras narra ese retrato. Los personajes, aunque reales, son absolutamente literarios. La madre, actriz de teatro, admiradora de Strindberg, se nos presenta en sus niveles más vulnerables y sus niveles más crueles. Después de que el padre muere, la madre sufre un dolor muy profundo y Canetti narra esta conmovedora escena:

Durante algunos meses después de la muerte de mi padre dormí en su cama. Era peligroso dejar sola a mi madre. No sé quién tuvo la idea de convertirme a mí en custodio de su vida. Lloraba mucho y yo la escuchaba llorar. No la podía consolar porque era inconsolable. Pero cuando se levantaba y se dirigía a la ventana, de un salto me ponía junto a ella, la estrechaba entre mis brazos y no la soltaba. No hablábamos, estas escenas ocurrían sin palabras. La sujetaba con fuerza y si se hubiera tirado por la ventana lo hubiera tenido que hacer conmigo. No tenía valor para suicidarse y matarme a mí con ella. Notaba el desfallecimiento de su cuerpo cuando cedía la tensión y se volvía hacia mí, desistiendo desesperada. Estrechaba mi cabeza contra su cuerpo y sollozaba intensamente. Creía que ya me había dormido, y lloraba silenciosamente para no despertarme. Tan imbuida en su dolor estaba que no se había percatado de que yo velaba disimuladamente, y cuando se levantaba subrepticiamente y se dirigía a la ventana estaba segura de que yo dormía profundamente.

En un libro de memorias de su editor en español, Mario Muchnik, cuenta que Canetti le dijo, cuando estuvo nominado al Premio Nobel con Borges y García Márquez, que Borges no merecía ganarse el premio pues su obra era muy artificiosa y superficial. Después de leer La lengua absuelta se puede entender esa afirmación viniendo de un personaje como Canetti. Para él, las letras no eran un juego como pudo habérselo tomado Borges. Las letras eran profundamente serias. Su admiración por la literatura era tal que no era capaz de jugar con ella, sino siempre rendirle tributo orgullosamente, creyéndose él de los pocos capaces de rendir ese tributo. Para el lector que ama irrevocablemente las letras encontrará un enorme placer en leer las memorias de un escritor completamente imbuido —como estaba su madre imbuida en el dolor de su viudez— en ese amor por la literatura.

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