Norma, como una granja avícola

Algunos títulos de la colección La Pequeña Biblioteca

Este año ha sido un año doloroso para la industria editorial colombiana, latinoamericana y se podría decir, con el pecho inflado, que lo ha sido también para la industria editorial de libros en español. Apenas el mes pasado se anunció que Editorial Norma cerró varias líneas, dos de las más importantes en lo que se refiere a edición —no a la parte financiera—: la de ficción y no ficción.

En Colombia, donde la aparición de cualquier editorial es un milagro, el cierre de una editorial y más cuando se trata de una editorial de dimensiones grandes, que compite con otras editoriales grandes que son únicamente españolas, es una tragedia. Quienes admiramos y amamos el oficio de la edición, el cierre de Norma significa la muerte de colecciones valiosas y con estas, el fin de la difusión de libros que hubieran podido haber hecho feliz a alguien. Esa idea del what if del enamorado al que le termina la pareja y que se imagina todo lo que hubieran podido haber sido, se acerca a lo que yo he sentido con esa noticia. ¡Qué hubiera podido ser la editorial! Tal vez nada; nada más. Mirándolo bien, sin necesidad de lupa, Norma ya era una sombra de lo que fue. Pero es sobre todo esa editorial original, la que proyectaba la sombra, la que me produce este sentimiento de nostalgia. Cuando publicaban a Alice Munro, a Edwidge Danticat, a Daniel Pennac, a Raymond Carver… Cuando existía la colección de La Pequeña Biblioteca, entre otras colecciones.

Sin embargo, aunque la calidad de autores literarios que publicaba la editorial hubiera disminuido notablemente en los últimos diez años, algún que otro buen título se colaba. La colección de libros de bolsillo era bastante buena, reunía muchos buenos títulos del catálogo general de la editorial. Además, Norma era la única editorial colombiana que traducía literatura. Esto, además de indicar que una editorial está abierta al mundo y tiene cierto interés cultural —no necesariamente, pero yo creo que en este caso sí—, impulsa el oficio de traducción de personas juiciosas y con muchas cualidades que debe tener un traductor literario, es decir, forma una escuela.

Pero además de la formación de traductores, Norma formó muchos editores, diagramadores, diseñadores, gente que trabajó en prensa, en marketing y ventas. Este cierre implica que esa cadena que era especial en una editorial de este tipo, esa transmisión de conocimientos y de experiencias de generación en generación, se haya terminado.

Elaborar más sobre las causas del cierre es inútil. Vender libros no era un negocio rentable para una empresa que se dedica a negocios de otro tipo que sí obtienen ganancias. No es la primera vez que pasa. Jason Epstein lo ilustra muy bien en La industria del libro cuando dice: “Cuando General Electric, una empresa notoriamente bien dirigida, compró RCA en 1986, se deshizo inmediatamente de dos divisiones que no llegaban a los niveles de rentabilidad exigidos: una granja avícola y Random House”.

Infortunadamente Norma no fue vendida como Random House. Y aunque murieron varias colecciones, quedan algunas. El tesoro escondido de la editorial, atrapada en el rótulo de la Literatura Infantil y Juvenil, con Torre de Papel, Cara y Cruz, Zona Libre.

Creo que el cierre de Norma determina un momento en la historia de nuestra edición que puede servir para impulsar a otros editores y empresarios a que tomen la decisión de embarcarse en un proyecto editorial en Colombia. Esto, a su vez, puede ayudar a transformar el mercado de libros, las prácticas de lectura y la difusión de la literatura y el pensamiento en Colombia. Si el sastrecillo valiente pudo con el gigante…

Anuncios

Historia de una vida

Elias, Mathilde, Nissim, Georges

No había leído hacía mucho tiempo libro más hermoso que La lengua absuelta de Elias Canetti. Su “autorretrato de infancia”, como él mismo subtitula la obra,  se desencadena de un recuerdo ensombrecido por una amenaza. Cada día el niño se imagina el color rojo de la sangre que derramaría su lengua cuando el joven que sostiene un romance con su niñera, lo amenaza con mutilársela si se atreve a decir algo sobre sus visitas. Privado del miedo, el pequeño Elias salva su lengua al silenciar la relación.

A la imagen de la lengua cortada le suceden otros recuerdos igualmente profundos, pero bellos; muchos otros tristes, melancólicos, otros alegres, todos hacen parte de su memoria. Canetti reconstruye su infancia a partir de sus lecturas, sus libros, los que cimentaron su vida literaria, su vida como escritor y lector, su vida intelectual que es su vida entera. Su padre, la figura más trascendental de su niñez, le regala una versión adaptada para niños de Las mil y una noches y allí comienza su aventura trepidante por la literatura, su pasión encarnizada por el conocimiento.

Cuando inesperadamente una mañana el padre muere de un ataque al corazón y él oye los gritos desesperados de la madre que dicen “¡Jacques, háblame! ¡Háblame, háblame, Jacques!”, el niño sufre la primera y más importante ruptura de su vida. Decía Canetti que veía a su padre muerto y quería contarle ese sentimiento de angustia a él, pero ya no podía; estaba ahí tendido, muerto. Entonces, la conversación con su padre, su interlocutor, su máximo escucha y predicador, se silencia para siempre. Los libros, que ya amaba antes de que él muriera, acogen un valor más: el de ser sus incesantes interlocutores en la ausencia de la figura paterna.

El libro se estructura en varias etapas, primero su vida en Bulgaria, luego en Inglaterra, más adelante en Viena y al final en Zurich. Cada pasaje parece ser tan íntimo, es tan expresivo, que nos da la sensación de que lo acompañamos, parados en una esquina, mientras narra ese retrato. Los personajes, aunque reales, son absolutamente literarios. La madre, actriz de teatro, admiradora de Strindberg, se nos presenta en sus niveles más vulnerables y sus niveles más crueles. Después de que el padre muere, la madre sufre un dolor muy profundo y Canetti narra esta conmovedora escena:

Durante algunos meses después de la muerte de mi padre dormí en su cama. Era peligroso dejar sola a mi madre. No sé quién tuvo la idea de convertirme a mí en custodio de su vida. Lloraba mucho y yo la escuchaba llorar. No la podía consolar porque era inconsolable. Pero cuando se levantaba y se dirigía a la ventana, de un salto me ponía junto a ella, la estrechaba entre mis brazos y no la soltaba. No hablábamos, estas escenas ocurrían sin palabras. La sujetaba con fuerza y si se hubiera tirado por la ventana lo hubiera tenido que hacer conmigo. No tenía valor para suicidarse y matarme a mí con ella. Notaba el desfallecimiento de su cuerpo cuando cedía la tensión y se volvía hacia mí, desistiendo desesperada. Estrechaba mi cabeza contra su cuerpo y sollozaba intensamente. Creía que ya me había dormido, y lloraba silenciosamente para no despertarme. Tan imbuida en su dolor estaba que no se había percatado de que yo velaba disimuladamente, y cuando se levantaba subrepticiamente y se dirigía a la ventana estaba segura de que yo dormía profundamente.

En un libro de memorias de su editor en español, Mario Muchnik, cuenta que Canetti le dijo, cuando estuvo nominado al Premio Nobel con Borges y García Márquez, que Borges no merecía ganarse el premio pues su obra era muy artificiosa y superficial. Después de leer La lengua absuelta se puede entender esa afirmación viniendo de un personaje como Canetti. Para él, las letras no eran un juego como pudo habérselo tomado Borges. Las letras eran profundamente serias. Su admiración por la literatura era tal que no era capaz de jugar con ella, sino siempre rendirle tributo orgullosamente, creyéndose él de los pocos capaces de rendir ese tributo. Para el lector que ama irrevocablemente las letras encontrará un enorme placer en leer las memorias de un escritor completamente imbuido —como estaba su madre imbuida en el dolor de su viudez— en ese amor por la literatura.


Eclipse de Sol

Vista desde Preciados hacia la Puerta del Sol

Cada vez que paso por Sol y veo a los acampados, se me llena la cabeza de opiniones. Ya van a ser no se cuántos días desde que empezó la protesta en la Puerta del Sol de Madrid donde acampan personas exigiendo “democracia real” y garantías del Estado en cuestiones de empleo, salud, vivienda, educación. En últimas, lo que piden es lo que cualquier sociedad querría tener. Sin embargo, cada vez que paso y veo a estas personas esperando ahí, bajo el sol cada vez más veraniego, los entiendo menos. Vivir fuera de mi país me ha dado la oportunidad de comparar y de ampliar la perspectiva. Siento que la petición de los jóvenes de Sol —la mayoría de los manifestantes lo son—, la de un futuro mejor para ellos y para sus familias en España, es apenas lógico, y sin embargo, siento que se eximen de toda responsabilidad ante su futuro. Esta falta de emprendimiento real que caracteriza esta protesta está asociada a la falta de emprendimiento real del que sufre el pueblo español en general. La espera de la protesta para mí no simboliza la perseverancia, sino que da lugar a la actitud pasiva y cómoda de la juventud española. Seguro que España es un país con muchas menos oportunidades que otros países de Europa, pero no es menos cierto que sea un país donde se trabaje fuertemente. Europa, al final, en su mayoría, es un continente de oportunidades. Sus países son países donde la gente puede vivir tranquila. La tranquilidad en otros países del mundo no es posible.

Parece que todos los países que no son ricos aspiran a ser como otro país rico. Todos los países europeos medianos y pequeños económicamente aspiran a ser como Alemania, como Dinamarca. España está en crisis económica, no hay empleo, pero todo está carísimo. O sea que sólo queda desear y reprimir. Pero un momento, al lado de Sol las mesas están llenas de gente tomando cañas a las 7 de la tarde. La ironía es cruel. No hay empleo, pero las listas de empleos disponibles en internet no están mal. He visto peores. Y a los desempleados les queda la consolación de la mensualidad que les entrega el Estado, el famoso “paro”. Está bien, no tienen que estar todos muriendo de hambre para que se llame crisis, pero es justo aclarar que no están tan mal.

Cuando se viene de un país que vive una cotidianidad tan distinta, donde hay mucha violencia, hay mucha corrupción, hay mucha pobreza, hay mucha desigualdad, hay mucha delincuencia, hay mucha mentira; es natural sentirse incómodo ante una protesta como esta. Una amiga china me dice que la protesta es una excusa para no trabajar. Las visiones del mundo y de la vida pueden cambiar ampliamente de acuerdo a las realidades en las que hemos nacido y crecido. De la protesta de Sol me queda pensar que es una protesta que nace de una inconformidad ante una situación que lleva repitiéndose. Ahora, es momento que esa inconformidad pase a ser un movimiento que muestre una alternativa política y para eso se necesita trabajar en ello, en vez de seguir haciendo paella en una carpa y sembrar lechugas en la fuente de la plaza.


En otra ocasión me mostró un viejo ejemplar de Los miserables de Victor Hugo; todavía tenía manchas de las moras que había comido mientras lo leía. «Estaban muy maduras», dijo, «y me encaramaba aún más arriba para ocultarme mejor. Así no podían verme cuando había que ir a comer; seguía leyendo toda la tarde hasta que de repente sentía tanta hambre que me atiborraba de moras. Tú lo tienes más fácil, siempre te dejo leer».

Elias Canetti, en La lengua absuelta (Muchnik, 1980)


La ciudad de la luz más transparente que conozco

Arcoiris en una tarde nublada madrileña

Otra vez estoy en Madrid buscando lo que pensé que había encontrado la primera vez que vine. Ya no estoy tan segura de haber encontrado, sino de seguir buscando. ¿Alguna vez dejamos de buscar?

De lo más bello de Madrid es la luz, esa luz tan clara y limpia que hace más evidentes las partículas que se mueven por el mundo desde que hay amanecer. Es la misma luz que en Bogotá ilumina de 7 a 9 de la mañana. ¡Aquí tengo la fortuna de poder ver esta luz todo el día!

 


Los armarios azules

Decía la leyenda durasiana que los armarios azules de su fotogénica casa en Neauphle-le-Château guardaban tesoros manuscritos que la escritora tenía en el olvido.

Amelia Gamoneda, “Arqueología durasiana” en Revista de libros

La vida y obra de Marguerite Duras ha suscitado fascinación por ser, en parte, la estampa de un personaje literario in excelsis. La escritura, para Duras, era su vida, era la vida. Sus biógrafos, sus editores; Yann Andréa, el último amante que la acompañó hasta su muerte; entre innumerables lectores, son figuras dentro de un grupo de seguidores de la escritora francesa. Yo fui uno de esos lectores fascinados.

La idea de escribir esta entrada sobre Marguerite Duras surge a partir de la lectura de la cita que abre estos párrafos. La leyenda durasiana. Me parece maravilloso pensar en la obra y el mundo literario de Duras como fundadores de una leyenda. Su literatura como una mitología. Los cuadernos de los armarios azules contribuyen a crear la sensación de que la obra perdura y continúa, como plantando la creencia de que hay obra todavía inédita; y, nosotros, los testigos de la leyenda, esperamos que tal vez haya una novela inacabada que ya nunca será acabada y será, por lo tanto, infinita. Pudo haber sido, por siempre. Los armarios azules, extrañamente, evocan un lugar específico, y, sin embargo, son ambiguos, cargan en ellos un aura de misterio que cobija los manuscritos invisibles de Duras. ¿Habrá más cuadernos?, ¿habrá más armarios?, nos preguntamos.

El primer libro que leí de Marguerite Duras fue Los ojos azules pelo negro, en una edición de Galaxia Gutenberg que saqué prestado de la biblioteca de la universidad, hace unos cuatro o cinco años. Leí ese libro en un momento muy sensible, estaba enamorada y tenía el corazón roto, y leer cada página de esa novela me daba esperanzas y me hundía más en la nostalgia; me daban ganas de llorar cada tantos párrafos. Sentía que estaba leyendo una epifanía de lo que era el amor justo en el momento en que irónicamente creía en el amor más que nunca por estar descorazonada. Entonces seguí leyendo: El arrebato de Lol V. Stein, El amante, Emily L., El hombre sentado en el pasillo, El mal de la muerte, Eso es todo, Escribir. En ese entonces leer los libros de Duras significó un acto de exoneración. Ese mundo durasiano me hacía ver que todos éramos vulnerables, y que el amor era la felicidad, el dolor y el deseo perpetuándose, mordiéndose unos a otros cada instante.

Los armarios azules me hicieron recordar los sentimientos siempre fuertes que me despertaron leer los libros de esta autora. Duras, probablemente, es la escritora con el estilo más íntimo y único que he leído. Inevitablemente, al leer ese estilo de frases cortas y llenas de contenido, profundas pero ligeras, como nubes llenas de lluvia, se sabe que se ha entrado en un mundo inundado de poesía narrativa, de silencios nunca antes más sabios, mejor dichos por una coma, un punto, un punto aparte.

Hace un año o más, cuando leí el libro Cuadernos de guerra (editado por Siruela en el 2008), que contiene textos inéditos y gran parte de los diarios de Marguerite; justamente, textos que hacen parte de esos cuadernos que guardaba en los armarios, me encontré con un párrafo que me demostró, una vez más, la maestría con que Marguerite Duras escribe sobre el amor y el deseo. Y cito un párrafo que hace que me den ganas de volver a leer Los ojos azules pelo negro y la lista entera de sus obras.

Al oír a Elio, así tendida al lado del cuerpo desnudo de Ginetta, pensé en el amor de ambos, no en el amor en el tiempo sino en el espacio, en cómo este amor de Elio había echado raíces y se nutría cada día de esta mujer. Era un amor terrible, que hubiera podido aterrarnos porque estaba siempre tan presente, a cada minuto, tan presente y tan definitivo que daba miedo, como si estuviera hecho para lo absoluto, porque te obligaba a creer en el amor y, lejos de empobrecerte porque tú no vivieras un gran amor de este tipo, lejos de entristecerte, te hacía esperar del amor más de lo que habías esperado hasta entonces, y te maravillabas (ésta es la palabra, creo yo, estar maravillado, es decir, quedarse privado de razón ante un prodigio) de que dos seres, un hombre y una mujer, puedan encontrar el uno en el otro un interés tan total, tan renovado cada día, intacto, que sustituían el uno para el otro a la totalidad del mundo. No es que Elio o Ginetta no se ocuparan más que de amarse: lejos de eso, son por el contrario personas muy ocupadas en la vida, absorbidas por cosas muy diversas, pero son el uno para el otro ese trampolín desde el cual parten cada día, valiéndose de ese impulso que sólo encuentran el uno en el otro. Se me dirá que era mucha suerte asistir a un amor semejante en un paisaje como el de Bocca di Magra. Yo creo que era una suerte.


Bon appétit!

Julia Child con el Chef Bugnard, en el Cordon Bleu

En un vuelo de Lima a Buenos Aires vi Julie and Julia, y, aunque me la imaginaba entretenida, me gustó más de lo que pensaba. Me gustó por varias razones: porque habla de las historias de dos mujeres en distintas épocas y la influencia que una tuvo en la otra, y la manera como la cocina influyó en ambas; porque me despertó el interés que nunca he tenido en la cocina; porque muestran, aunque de lado y sólo para aquellos a los que nos interesa la edición, la historia de cómo una editora dio con un gran libro que se convirtió en un longseller y clásico de los libros de cocina (Mastering The Art of French Cooking); porque muestra cómo Julie, a través de un blog, le abre su mundo a miles y miles de personas que están dispuestas a leer; porque dice que la mantequilla es uno de los mejores inventos y estoy de acuerdo; porque muestra unos bellos paisajes de Francia y la manera como Julia se siente en casa en un país extranjero, en una ciudad específica: París; y, sobre todo, porque hace ver que la comida puede hacer todos nuestros días especiales.

Por todo eso quedé con la idea plantada en la cabeza de aprender a cocinar y a conseguir recetas y a aprender a disfrutar de la cocina, que poco me gusta. Y, además, me dio curiosidad de hojear el famoso libro Mastering The Art of French Cooking, de Julia Child. Pues hace un par de semanas o un poco más, vi en una librería otro libro de ella, My Life In France, y leí el prólogo: me pareció adorable, por la honestidad de sus palabras y la emoción con la que cuenta esa época tan feliz de su vida en Francia. Unos días después, recibí My Life in France como regalo de cumpleaños.

Estoy leyendo el libro lentamente, cuando me quedan momentos en que no llego tan cansada de trabajar, o a veces cuando leo en taxis. El libro narra cómo Julia Child llegó a descubrir su vocación casi a los cuarenta años, cuando fue consciente de que  la comida, comer y todo lo que estaba atado al mundo de la cocina le apasionaban. Justamente eso es lo que me atrajo del libro: la historia de esta mujer que era esposa de un diplomático y pasa a ser una incansable chef al encontrar su vocación y seguirla con una determinación admirable. Es una de esas historias que lo ponen a uno a pensar y a llenarse de energías para seguir su propia vocación. ¡A comer!