En otra ocasión me mostró un viejo ejemplar de Los miserables de Victor Hugo; todavía tenía manchas de las moras que había comido mientras lo leía. «Estaban muy maduras», dijo, «y me encaramaba aún más arriba para ocultarme mejor. Así no podían verme cuando había que ir a comer; seguía leyendo toda la tarde hasta que de repente sentía tanta hambre que me atiborraba de moras. Tú lo tienes más fácil, siempre te dejo leer».

Elias Canetti, en La lengua absuelta (Muchnik, 1980)


Hawthorne

Todos se rieron otra vez de su capricho pertinaz de dar un paseo nocturno. Pero depronto una nube oscura se elevó en el alma de mi hija. Miró con gravedad las llamas y tomó aliento, suspirando casi. El gesto se abrió paso a pesar de que hizo un pequeño esfuerzo por contenerlo. Luego, espabilándose y con el rostro enrojecido, lanzó una rápida mirada alrededor del grupo, como temiendo que hubieran alcanzado a verle el corazón.