Los armarios azules

Decía la leyenda durasiana que los armarios azules de su fotogénica casa en Neauphle-le-Château guardaban tesoros manuscritos que la escritora tenía en el olvido.

Amelia Gamoneda, “Arqueología durasiana” en Revista de libros

La vida y obra de Marguerite Duras ha suscitado fascinación por ser, en parte, la estampa de un personaje literario in excelsis. La escritura, para Duras, era su vida, era la vida. Sus biógrafos, sus editores; Yann Andréa, el último amante que la acompañó hasta su muerte; entre innumerables lectores, son figuras dentro de un grupo de seguidores de la escritora francesa. Yo fui uno de esos lectores fascinados.

La idea de escribir esta entrada sobre Marguerite Duras surge a partir de la lectura de la cita que abre estos párrafos. La leyenda durasiana. Me parece maravilloso pensar en la obra y el mundo literario de Duras como fundadores de una leyenda. Su literatura como una mitología. Los cuadernos de los armarios azules contribuyen a crear la sensación de que la obra perdura y continúa, como plantando la creencia de que hay obra todavía inédita; y, nosotros, los testigos de la leyenda, esperamos que tal vez haya una novela inacabada que ya nunca será acabada y será, por lo tanto, infinita. Pudo haber sido, por siempre. Los armarios azules, extrañamente, evocan un lugar específico, y, sin embargo, son ambiguos, cargan en ellos un aura de misterio que cobija los manuscritos invisibles de Duras. ¿Habrá más cuadernos?, ¿habrá más armarios?, nos preguntamos.

El primer libro que leí de Marguerite Duras fue Los ojos azules pelo negro, en una edición de Galaxia Gutenberg que saqué prestado de la biblioteca de la universidad, hace unos cuatro o cinco años. Leí ese libro en un momento muy sensible, estaba enamorada y tenía el corazón roto, y leer cada página de esa novela me daba esperanzas y me hundía más en la nostalgia; me daban ganas de llorar cada tantos párrafos. Sentía que estaba leyendo una epifanía de lo que era el amor justo en el momento en que irónicamente creía en el amor más que nunca por estar descorazonada. Entonces seguí leyendo: El arrebato de Lol V. Stein, El amante, Emily L., El hombre sentado en el pasillo, El mal de la muerte, Eso es todo, Escribir. En ese entonces leer los libros de Duras significó un acto de exoneración. Ese mundo durasiano me hacía ver que todos éramos vulnerables, y que el amor era la felicidad, el dolor y el deseo perpetuándose, mordiéndose unos a otros cada instante.

Los armarios azules me hicieron recordar los sentimientos siempre fuertes que me despertaron leer los libros de esta autora. Duras, probablemente, es la escritora con el estilo más íntimo y único que he leído. Inevitablemente, al leer ese estilo de frases cortas y llenas de contenido, profundas pero ligeras, como nubes llenas de lluvia, se sabe que se ha entrado en un mundo inundado de poesía narrativa, de silencios nunca antes más sabios, mejor dichos por una coma, un punto, un punto aparte.

Hace un año o más, cuando leí el libro Cuadernos de guerra (editado por Siruela en el 2008), que contiene textos inéditos y gran parte de los diarios de Marguerite; justamente, textos que hacen parte de esos cuadernos que guardaba en los armarios, me encontré con un párrafo que me demostró, una vez más, la maestría con que Marguerite Duras escribe sobre el amor y el deseo. Y cito un párrafo que hace que me den ganas de volver a leer Los ojos azules pelo negro y la lista entera de sus obras.

Al oír a Elio, así tendida al lado del cuerpo desnudo de Ginetta, pensé en el amor de ambos, no en el amor en el tiempo sino en el espacio, en cómo este amor de Elio había echado raíces y se nutría cada día de esta mujer. Era un amor terrible, que hubiera podido aterrarnos porque estaba siempre tan presente, a cada minuto, tan presente y tan definitivo que daba miedo, como si estuviera hecho para lo absoluto, porque te obligaba a creer en el amor y, lejos de empobrecerte porque tú no vivieras un gran amor de este tipo, lejos de entristecerte, te hacía esperar del amor más de lo que habías esperado hasta entonces, y te maravillabas (ésta es la palabra, creo yo, estar maravillado, es decir, quedarse privado de razón ante un prodigio) de que dos seres, un hombre y una mujer, puedan encontrar el uno en el otro un interés tan total, tan renovado cada día, intacto, que sustituían el uno para el otro a la totalidad del mundo. No es que Elio o Ginetta no se ocuparan más que de amarse: lejos de eso, son por el contrario personas muy ocupadas en la vida, absorbidas por cosas muy diversas, pero son el uno para el otro ese trampolín desde el cual parten cada día, valiéndose de ese impulso que sólo encuentran el uno en el otro. Se me dirá que era mucha suerte asistir a un amor semejante en un paisaje como el de Bocca di Magra. Yo creo que era una suerte.